Lo reconozco: alguna vez puedo haber caído en lo que critico, la mala educación de la gente que no sabe comportarse en un acto público y con su proceder, molesta a los que tienen alrededor. He llamado la atención a muchas personas, especialmente mujeres aunque también hubo algún hombre, que, cerca de mí, hablaban, comían caramelos, seguían el ritmo con el pie o hacían cualquier cosa que impedía que el resto oyéramos la música o al conferenciante con tranquilidad, por lo que un día, enfadado y harto, me decidí a escribir una carta al periódico comentando esta conducta del público, preferentemente, musical. Mucha gente me felicitó por el escrito, habiendo quien buscó mi teléfono en la guía para llamarme y decirme que estaba de acuerdo conmigo, pero el problema es que todos los que leyeron la carta, por lo menos los que me llamaron o me lo comentaron, son los que se portan correctamente y como yo se desesperan y los demás son los maleducados, por lo que éstos, que son quienes deberían aprender y corregir sus defectos, como no leyeron la carta seguirán haciendo lo mismo en todos los actos a los que asistan. Semanas después de publicar esta carta D. Luis G. Iberni, crítico musical de La Nueva España y profesor universitario, publicaba un artículo en el suplemento cultural de los jueves en el que incidía en todo lo denunciado ya por mí y que para tan poco ha servido pues una gran parte del público sigue comportándose incorrectamente.
Con el paso del tiempo han ido apareciendo o me han ido indicando nuevas formas de hacer ruido que no tuve en cuenta en la carta. Especialmente hay una que por desgracia sucede con mucha frecuencia en nuestra lluviosa Asturias: el público acude con paraguas y en vez de dejarlo en el guardarropa o apoyado en el suelo lo cuelga de la butaca que tiene delante, pero como los respaldos no están diseñados para ello, no es raro que durante el concierto dos o tres paraguas se vengan al suelo con el consiguiente estruendo.
En la Filarmónica, donde suelo sentarme, casi siempre, en la misma butaca tengo tres vecinos, dos mujeres y un hombre, que están hablando hasta el mismo inicio del concierto, y cuando éste comienza sacan una linterna y entonces es cuando miran el programa; como ya son mayores no se dan cuenta del ruido que hacen con el papel ni la molestia que es la dichosa linterna. Aunque parecen muy aficionados a la música y socios antiguos de la sociedad no deben de saber mucho de música o necesitan saber tanto que el número de la linterna se da en el inicio de cada movimiento para ver si es un adagio o un allegro. Extraño me parece que un aficionado tenga que estar consultando el programa tan continuamente. Una vez que se me ocurrió llamarles la atención y quedaron extrañadísimos, pues según una de las señoras, era la primera vez en los muchos años que llevaban asistiendo a la Filarmónica que alguien les reconvenía por su proceder. ¡Increíble!
Y en el Auditorio tenemos al que tiene la desgracia de que le toca una butaca que rincha, hay bastantes sobre todo después de conciertos populares, y teniendo muchas vacías junto a la suya no es capaz de cambiarse al notar el ruido que hace cuando efectúa el más mínimo movimiento.
Y esta fue la carta que publiqué en La Nueva España el 14-5-2001:
PÚBLICO MUSICAL DE OVIEDO
Escuchado cientos de veces el comentario de que Oviedo es una ciudad con gran afición musical, desearía hacer algún comentario sobre el público que asiste a los conciertos en nuestra ciudad y sin entrar sobre el nivel de afición, del que escribiré otro día, querría hablar del comportamiento durante los conciertos de este público “aficionado”.
Empecemos por algo que parece que se está mitigando: el sonido de teléfonos móviles durante los conciertos. Pese al aviso que efectúa la megafonía del Auditorio antes de comenzar la función, alguno teléfonos siguen sonando, distinguiéndose si corresponde a un hombre o a una mujer: en el caso del hombre suele sonar una o como mucho dos veces pues lo lleva en el bolsillo y le da tiempo a apagarlo pronto. Si el teléfono le suena a una mujer el timbre sonará varias veces hasta que pueda ser encontrado y desconectado en el bolso que normalmente llevan con ellas (Esto es una realidad y no un comentario machista). Como digo ya son pocos los casos pues casi todo el mundo se está acostumbrando a apagarlo al principio de la función, pero no sucede lo mismo con los relojes con alarma que desgraciadamente siguen sonando alguna vez, no se sabe si para avisar a sus propietarios que es la hora de la merienda o de alguna pastilla que deban tomar.
Casi todo Oviedo parece estar acatarrado continuamente, las toses cada vez son más fuertes y pocos son los que tienen la delicadeza de poner delante de la boca el abrigo o chaquetón que tiene encima de las piernas o un sencillo pañuelo, lo que haría mitigar el sonido en un gran porcentaje. Sencillamente se tose o se carraspea al aire y sin tener en cuenta que lo que esté sonando sea un allegro, donde se disimula más, o un adagio donde todo el público lo oye. Se ha dado el caso de toser con fuerza acompañado las dos notas finales de una obra. De todas formas no llego a entender que personas adultas, aficionadas a la música no sean capaces de contenerse sin toser o carraspear durante diez o veinte minutos que puede durar como mucho un movimiento. Aunque también es bastante feo y desagradable el estrépito de toses y carraspeos que se produce al acabar un movimiento. Lo ideal sería aguantar toda la obra sin toser y sin carraspear, lo que considero posible con un poco de fuerza de voluntad. Aunque los peores de todos son los gangosos que además del ruido producen asco a quien los oye.
Pero peor es quien para no toser desenvuelve caramelos durante la audición: para no hacer ruido, y molestar menos, lo hacen muy despacio y con suavidad, por lo que el sonido dura más tiempo, ampliándolo aún más si la persona es educada y no quiere tirarlo al suelo introduciéndolo en el bolso y volviendo a hacer ruido o, ya el colmo, manteniéndolo en la mano y jugando con él.
Tenemos también a los que pasan calor y se abanican, bien con un abanico que no mete ruido pero mueve al aire de los que están a su lado y les molestan con él y con el movimiento, bien con el programa que además mete el pertinente ruido. Recientemente he descubierto a la señora que se abanica con mucho cuidado, sin meter ruido, pero en sus muñecas lleva varias pulseras con colgantes que suenan con un alegre campanilleo, que puede además estar acompañado por una blusa de lentejuelas que con el viento del abanico acompaña suavemente al sonido de los colgantes. (Recientemente, gracias a un artículo del ya mencionado Profesor Iberni, me he enterado que a los propios solistas puede llegar a molestar el tener un objeto en movimiento durante su actuación. Hay una anécdota de una soprano que pidió que una señora dejara de abanicarse pues lo hacía en ritmo binario y ella estaba cantando en ritmo terciario)
Otra molestia se suele dar al principio de las obras o especialmente en las propinas: el que presume de conocer la obra la tararea para que su pareja y los de alrededor vean que la conocen. ¿Se imaginan a todo el Auditorio tarareando Carmen con la London Symphony Orchestra? Aunque más incómodos son los que siguen el ritmo con el pie, que aunque parezca mentira, todavía los hay. Otra molestia frecuente suele ser los cuchicheos entre dos personas, comentado desde el vestido de la violinista hasta lo bien que ha hecho un solo el trompa.
¿Y qué me dicen de los que llegan tarde y entran mientras está sonando lo que sea? Todos deberían de saber que mientras la orquesta está actuando nadie puede entrar en la sala, aunque aquí la llamada de atención tiene que ser para las encantadoras y educadísimas acomodadoras del Auditorio que les dejan entrar en la sala cuando ya la Orquesta ha empezado a tocar.
Y para finalizar tenemos los aplausos: los que tan emocionados están que aplauden al final de cada movimiento; los más emocionados todavía que aplauden antes de acabar la obra; los que aplauden todo, hasta al funcionario de la OSPA que sale al escenario a colocar las partituras del Director, confundiéndolo con éste, y los peores de todos, los que de verdad conocen la obra y, para que lo sepamos todo el público, aplauden antes de que la música se extinga, estropeando ese maravilloso momento en el que la música se diluye en el silencio.
He de decir en descargo de muchas personas que se nota la diferencia del público de la OSPA al público de otros conciertos, principalmente cuando estos son de orquestas o intérpretes famosos y acuden toda suerte de personajes que no saben comportarse pero que tienen que presumir que ellos estuvieron “viendo” a “la de Nueva York” o a “la de Londres”. Y, por favor, que nadie se ofenda o enfade conmigo: todo lo que cuento ha sido vivido por mí en el Auditorio, el Campoamor o la Filarmónica, y si alguien cree que él no hace ninguna de estas cosas que en el próximo concierto se analice y vea que sí alguna hará que puede molestar al resto de los espectadores. Y si hay alguien tan perfecto al que ni se le siente ni se le oye, que enseñe a todos los conocidos o a los que tiene alrededor cómo deben comportarse para que todos aprendamos a respetar al resto de los asistentes.