En 32 años años de vida nunca me había preguntado dónde podría estar enterrado mi bisabuelo, el señor de la foto, Adolfo Galán y Menéndez-Conde, Abogado, Administrador del patrimonio de los Marqueses de Vega de Anzo, Alcalde de Grao (Asturias) hasta el inicio de la guerra del 36.
Pero la vida da tantas vueltas, que ahora, muerto mi padre, que tampoco se preocupó por el paradero de su abuelo, las hazañas judiciales de Garzón han removido tanto el asunto que me empiezo a interesar por lo que le pudo suceder a mi bisabuelo.
Se que fue secuestrado el segundo día de la guerra, el mismo 19 de julio, que le fue confiscado el coche y que pasó a engrosar la saca de presos de la Iglesiona en Gijón donde hoy figura una placa con su nombre y el de decenas de ciudadanos asesinados, placa que lleva años IU intentando quitar. Sabemos que fueron torturados, en algunos casos amputados sus dedos para extraer los anillos de oro, y, posteriormente fusilados. Hasta tres días después de su muerte no se avisó su famlia. Su mujer, la de la foto, mi bisabuela, Maria Teresa González y Suárez-Valdés, no pudo reconocer el cadaver al estar todos mutilados y cubiertos de cal. No se llevó cuerpo alguno para enterrar.
También sabemos que sus asesinos fueron milicanos de UGT.
Tal y como fueron las cosas, y dado que durante 40 años de franquismo nadie abrió fosa alguna para ver dónde estaba mi bisabuelo, he de exigir yo, ahora, una investigación y, en su caso, la imputación de todos los altos cargos de la UGT de entonces que aún queden con vida.
Es lógica toda esta aventura histórica-sentimental y jurídica. No, por supuesto que no, pero pero la histo(e)ria es así.
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